[MSN] El 22 de agosto se cumplieron 96 años del que se considera el mayor robo de arte del siglo XX, una saga de la vida real ante la cual palidecen los prodigios de la imaginación de plumas como la de Agatha Christie, G.K. Chesterton, Arthur Conan Doyle o Rafa

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Thu Aug 23 07:50:19 CEST 2007


Juego de Ojos
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
Vincenzo Peruggia
El 22 de agosto se cumplieron 96 años del que se considera el mayor robo de
arte del siglo XX, una saga de la vida real ante la cual palidecen los
prodigios de la imaginación de plumas como la de Agatha Christie, G.K.
Chesterton, Arthur Conan Doyle o Rafael Bernal. 
  
Estos escritores engendraron a inolvidables héroes de la novela negra -
Hércules Poirot, el padre Brown, Sherlock Holmes y Filiberto García- pero me
parece que no atinaron a concebir a un personaje como Vincenzo Peruggia, un
empleado del Museo del Louvre que en una tibia noche de otoño tomó el
célebre cuadro de la Mona Lisa de su lugar en la sala Carre, desprendió el
óleo, se ocultó unas horas en un clóset de servicio, al día siguiente salió
del museo con toda tranquilidad con la pintura bajo el abrigo, tomó un tren
a su natal Florencia y ocultó el tesoro en su departamento. 
  
Dos años tuvo en su poder a la Gioconda. Cuando intentó venderla a la
Galería Uffizi fue arrestado y llevado a juicio. Aseguró que había robado el
cuadro por razones patrióticas, “como venganza por el pillaje de Napoleón y
sus ejércitos en Italia”. El tribunal lo justificó y le pasó una sentencia
de un año y quince días. Peruggia se convirtió en un héroe nacional. 
  
Así en breve la historia no tiene desperdicio. Cuando se entra a los
detalles resulta poco menos que increíble. 
  
Aquella noche, Peruggia se percató de que la sala estaba sin vigilancia y
bajó la pintura. Se deshizo del marco. Permaneció oculto en un cuarto de
limpieza y a primera hora de la mañana pudo salir sin problemas, como ya se
dijo. Pero lo sorprendente es que durante todo el día siguiente, nadie dio
la voz de alarma. Al ver el hueco donde se exhibía el cuadro, los guardias
pensaron que el fotógrafo del museo lo había tomado para las impresiones de
un catálogo. Por la noche alguno de ellos se inquietó y buscó al hombre de
la cámara, pero aquél no sabía nada. En el colmo de los colmos, se pensó que
alguien había jugado una broma para dar un mal rato al servicio de
seguridad. Pasaron muchas horas más antes de que les cayera el veinte y
entonces sí, entre crujir de huesos y lamentos, pusieron de cabeza el
afamado palacio, no dejaron rincón sin revisar
 y sólo hallaron el marco y
el cristal. 
  
Las pesquisas llegaron hasta Apollinaire y después a Picasso (porque
anteriormente había comprado dos esculturas robadas del Louvre). Ambos
fueron absueltos. 
  
Algunas semanas después los investigadores visitaron a Vincenzo en su
departamento florentino, pues como empleado desaparecido al día siguiente
del robo era uno de los sospechosos. Acompañados por una escuadra de
carabinieri, revisaron el departamento de arriba abajo. No dejaron cajón sin
abrir ni florero sin voltear. Nada. Muy formales, no tuvieron más remedio
que entregar a Peruggia un oficio de liberación, ¡que firmaron sobre la mesa
bajo cuyo mantel estaba oculta la pintura! Más que con una novela de Agatha
Christie, este relato está emparentado con los hermanos Marx. 
  
Durante los meses siguientes el ladrón ofreció la pintura a varios museos,
pero todos la rechazaron seguros de que se trataba de “una copia” ya que era
del conocimiento general que la auténtica había sido robada. Nadie veía en
Vincenzo Peruggia a un artista del robo de arte. Le tenían como un vivales
que pretendía tomar ventaja del mercado con una falsificación más o menos
buena. Fueron los curadores de la Galería Uffizi quienes descubrieron la
verdad y lo delataron. 
  
Al día de hoy no se conocen los verdaderos motivos que impulsaron a este
pequeño italiano -que en una fotografía de la época tiene aire de anarquista
resignado, con collarín alzado y bigote de manubrio de velocípedo- a llevar
a cabo el robo del siglo, una hazaña de alto riesgo incluso para las
risibles medidas de seguridad de aquel tiempo. 
sanchezdearmas at gmail.com   

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